Cheo Hurtado por: Alberto Arvelo Ramos

Escrito por Alberto Arvelo Ramos

En 1992 escribía sobre él: entre los jóvenes se le conoce y se le respeta. Viene del cuatro de Gamboa, según nos dice. Y del cuatro de su padre, que es el cuatro de la tradición viva y permanente. Nacido en la generación de la Orquesta Sinfónica Juvenil, comprende, como protagonista, el arduo esfuerzo de integración de nuestras raíces musicales populares y el repertorio universal de la música culta. Como miembro del grupo “Un Solo Pueblo”, recorrió el territorio del cuatro, en un esfuerzo de aprendizaje y enseñanza. Su presencia en el grupo “Gurrufío”, le ha permitodo llevar la voz de su instrumento a giras significativas en el exterior del país. Su carrera está acompañada de un singular esfuerzo de toma de conciencia. Para algunos es uno de los solistas fundamentales que ha producido el instrumento.

Esa es una visión modesta de la alta estima que se le tiene. Un culto compositor caraqueño, usualmente parco en sus apreciacioens, buscando palabras para expresar su juicio sobre Cheo, me dijo: “yo no he escuchado por supuesto, todos los cuatristas que hay hoy, y mucho menos los que hubo en la historia del país, en la época de Páez, por ejemplo.. Puedo decirte que los habrá iguales, pero estoy convencido que ninguno puede ser, o pudo haber sido, mejor que Cheo”

Desde otar vertiente del mismo hombre, el excelente bandolista Ismael Querales nos dice: “no hay duda que en la bandola guayanesa, el que mejor toca es Cheo Hurtado”.

Explorando ese mismo instrumento en el estado Bolívar, pregunté: “-¿Ustedes creen que está renaciendo la bandola aquí? -Así es, nos contesta Carmita Hurtado, porque hasta hace poco no se había vuelto a tocar bandola, antes no se tocaba, desde los tiempos de Leandro Lisardi, y de Carmito Gamboa. Desde entonces no se había visto más bandola, y ahora sí se la ve con Cheo Hurtado, que se ha puesto a grabar, e hizo una escuela. Esto ha estimulado a los viejos bandolistas, y también a los nuevos, a los muchachos”.

Por allí se perfila el secreto de este artista singular. Su ejecución es de virtuoso, pero para él lo fundamental no es el virtuosismo. Todos los que reciben el impacto de su música, aprecian una fuerza revolucionaria en la intensidad y la delicadeza de sus ejecuciones, pero a él no le importa tanto la originalidad porque sabe -como tod creador verdadero.- que la fuerza de su revolución surge del pasado, surge de un entroncamiento fulgurante entre el ayer y el mañana.

Cheo camina conscientemente por el filo de una navaja. Por un lado, el peligro que acechó a los músicos de la primera generación de las orquestas juveniles, la de volverse universales y sólo universales. La de volverse tan apasionados por la nueva cultura clásica, que se avergonzaban o desatendían sus propias raíces. La de saber de Mozart pero no saber de Mariselas con guabinas. Nos dice: “Les dieron un chelo, les dieron un violín, un trombón y una beca. Y sobre todo, aquel entusiasmo de la orquesta. Aquella alegría… y hubo un momento en el cual, los aguinaldos de diciembre dejaron de tener más fuerza. Se paró el joropo. Y entonces, en esa encrucijada, surgió la pregunta: Pero Cheo, ¿quién va a tocar a tu papá?. ¿Quién iba a tocar a Alejandro Alvarez? ¿Quien iba a tocar los valses del estado Bolívar, si los jóvenes que estaban en eso, iniciados, se fueron para la orquesta?”. Hubo un vacío, un tremendo vacío, y la necesidad torrencial de colmarlo se convirtió en destino vital de Cheo Hurtado.

Él ha sido un puente formidable entre la necesidad de hablar el lenguaje universal de la música, y la vigencia de navegar por ese lenguaje en el horizonte de nuestra específica conciencia musical. Cheo nos dice: “Que toquen el repertorio universal me parece muy bien. Pero lo que no está bien es que no tocan, lo que yo digo su densidad, lo propio de ellos, de su mundo, de su pueblo”. Con esa actitud de vigilancia militante, Cheo ha cumplido una gran labor a favor del admirable movimiento de las orquestas juveniles de Venezuela. Porque esas orquestas se asientan, y son posibles, sobre la base poderosa de la musicalidad popular venezolana. Si esos fundamentos se debilitan, se socavarían los fundamentos sociales y estéticos de las orquestas juveniles.

La respuesta a esas dos amenazas es lo que anima y fecunda la obra musical y su obra vital de misionero, maestro y explorador de raíces. Construir en sus interpretaciones, piezas capaces de mirar en la cara -sobre todo en el poderoso juego rítmico- a las más destacadas del repertorio universal. No se trata de decretar una identidad venezolana, sino de descubrir que ella reside en una prodigiosa multiplicidad, en una intranquilidad permanente, que es nuestra forma de reposo. Para Cheo esto está muy claro y él está consciente de que como artista, es una pluralidad, un mar de confluencias. Nos dice: …”y bueno, me parece que nunca va a haber el mejor cuatrista de Venezuela. Para ser el mejor cuatrista, primero tendría que aprenderse los 20 idiomas de las 20 muñecas de Venezuela… y me quedo corto, porque de El Tocuyo a Carora hay mucha diferencia. Y en el mismo Callao, tu ves a alguien, y cuando te aprendes el golpe, llega otro con otro golpe, idéntico y diferente. Y en Oriente… ¡Es mentira que son 20 golpes! Y en cada región la mano derecha es la más difícil. La mano izquierda es cosa de práctica, y hay unos que son más virtuosos que otros”.

El virtuosismo que se aprende es el de la mano derecha. La izquierda es la que pulsa una trastera construida según los cánones de la música renacentista, que nos vino con la conquista. Pero la música, lo que él llama el idioma, es asunto de más adentro, es saber pulsar los adentros de nuestras raíces plurales: caribes, africanas, árabes y europeas.

Tal es la tarea y el oficio de este Cheo Hurtado, que constantemente nos está convocando a entendernos.

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