Memorias de JEM – Jorge Moreau y su amor por el Cuatro – Parte 2

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FRAGMENTO (Parte 2) 

Extraído del  libro memorias de JEM    

Escrito por Jorge Moreau

  • El folklore venezolano. El cuatro.

Yo no conocía nada diferente al folklore andino. Si hubiera empleado parte de mi tiempo en conocer Brasil, Cuba, Colombia, México o Venezuela, habría entendido que hay otro mundo tan autóctono y folklórico como el andino pero de características opuestas. Pero el cambio y la sorpresa fue tan grande que recién a mis 30 años de edad su impacto me tomó de sorpresa. Existía otro folklore tan fuerte y altivo, tan bravo y rebelde como el de los gauchos rioplatenses en el sector norte de América del sur. El pueblo llanero de Venezuela y Colombia.

Superada la sorpresa inicial, repartí mi tiempo entre buscar trabajo en fotografía como en encontrar un alma caritativa que fuera capaz de prestarme un cuatro. Dada mi familiaridad con la guitarra, veía más  accesible el cuatro que cualquier otro instrumento típico de la música venezolana.  Finalmente apareció el hada madrina. Carmen de Romero, esposa del gran historiador, escritor y político Vinicio Romero, que fue candidato a Presidente de la Nación y autor de numerosas obra dedicadas a Simón Bolívar, de las cuales fue famosa “LAS AVENTURAS DE BOLÍVAR”.  Vivíamos uno frente al otro en Santa Paula, El Cafetal. “Carmen necesito que me prestes por unos días tu cuatro…”  Con el cuatro bajo el brazo llegué a mi apartamento y me senté en la sala para tratar de ejecutar alguno de los temas que conocía. Al primer rasguido dije: “Guahh. Que es esto! Suena a diablos.”  Me puse a intentar encontrar la razón de un sonido tan desagradable y llegué a la conclusión de que estaba mal encordado. Protestando por la evidente “incapacidad” de Carmen al encordar el cuatro, me aboqué a “corregir” el error poniendo las cuerdas como “debía ser”. Como una guitarra. Una vez superado el escollo me dedique a intentar ejecutar algunas canciones que dominaba bien en guitarra. Todo perfecto. El cuatro sonaba divinamente.

Me pasé aproximadamente un mes practicando el rasguido del cuatro que, como todo el mundo sabe, es muy difícil debido a las extrañas apoyaturas del tiempo cruzado. Semanas más tarde recibo una llamada de Carmen: “Jorge. Necesito que me traigas el cuatro y vente tú y tu esposa. Esta noche nos visitan unos amigos de Vinicio y seguramente vamos a terminar, como siempre, cantando algo. Te espero a eso de las 8 de la noche…”  A las 8 en punto, Silvia y yo, cruzábamos la calle para entrar en el edificio donde vivían Vinicio y Carmen. Todavía no habían llegado los invitados. Menos mal! Evité que la regañina fuera en público. Cuando Carmen agarró el cuatro y trató de ajustar la afinación, pego un grito seco:  “Jorge!!! que coñ.. le hiciste a mi cuatro!!!”   “Nada, por supuesto, solo que corregí el encordado que estaba mal.”   “Y quien te dijo a tí que estaba mal? Lo encordaste como guitarra!!. Yo te mato!”  Esa fue mi incorporación a esas frases misteriosas como: “CAMBUR PINTÓN…” e  “HIPÓCRITA”  con la que los principiantes aprenden a afinar los cuatros. Superado el inconveniente, terminamos cantando hasta las 3 de la mañana.

Mi amor por el cuatro se fue consolidando a medida de progresaba en los intentos. No tuve maestro. Sólo escuchaba las cassettes y trataba de reproducirlos. La música y los tonos fueron fáciles. El golpe y el ritmo fueron muy difíciles. quizás por ello, durante mucho tiempo tocaba el cuatro acompañando cantantes que finalmente opinaban: “Tu tocas muy bien pero encuentro algo raro en tu rasguido… Es diferente al ritmo de otros.”   El golpe del cuatro apoya sobre el tiempo suave o débil mientras que la guitarra lo hace sobre el fuerte, esto hace que el rasguido resulte cruzado en el ritmo y muy difícil de ejecutar, que es precisamente donde radica la belleza rítmica de la música venezolana.  Ya tenía mi propio cuatro y estaba en plena acción para conocer personalmente distintos fabricantes de Caracas primero y del país, años después.

  • Los folkloristas venezolanos de entonces

Siempre en mi búsqueda de acercarme al folklore venezolano, conocí a varios famosos interpretes: Lilia Vera; Cecilia Todd y su hermano Roberto; María Teresa Chacín; Serenata Guayanesa; Quinteto Contrapunto y su excelente tenor Jesús Sevillano; Simón Díaz; Soledad Bravo; Juan Vicente Torrealba; Hugo Blanco; Gualberto Ibarreto y muchos más que ahora a mis 75 años la memoria me los escabulle en el fondo de mi cerebro y por esfuerzos que haga no logro recordar.  Quiero hacer un énfasis en algunos personajes que me impactaron sobremanera. El Indio Figueredo al que conocí años después en El Cajón de Apure. Los Hermanos Chirinos que fue para mí, el más auténtico grupo llanero de aquel tiempo, años 1972/73/74.  El Catire Carpio, cuyo grito llanero me ponía la carne de gallina. Algunos de ellos llegué a verlos un par de veces pero otros me concedieron el favor de aceptar mis votos de amistad.

Entre ellos se destaca Simón Díaz, que solía invitarme a pasar fines de semana en su finca de los llanos centrales. Valle de la Pascua o Calabozo. No recuerdo bien. Allí, frente a un par cervezas, una de esas noches tuve el inmenso honor de escuchar en privado una tonada hermosa, que según Simón no la había grabado porque… “A nadie le gustó…”   Inexplicable ya que se trataba nada menos que de “CABALLO VIEJO” .  Muchos años más tarde, pude saber que gracias a que Julio Iglesias grabó un tema llamado “BAMBOLEIRO” que contenía unos compases de “CABALLO VIEJO”, el público se interesó y seguramente alguien preguntó de quien era esa tonada. Así fue como Simón pegó el gran salto a la fama internacional. Cuando me la cantó personalmente a mí en su finca, sentados los dos solos en sendos chinchorros, me pareció una de sus mejores tonadas, pero… qué importaba mi opinión? Yo no era más que un ignorante argentino, un poco loco. Que podía saber de música venezolana?

Simón Díaz, fue el más sublime de los amigos que tuve en Venezuela. Todo lo opuesto de su hermano Joselo. Grotesco, mal hablado, mujeriego y borrachín. Nunca pude entender que Simón, el mayor, pudiera tener un hermano tan… diferente. Cuando dejé de verme con Simón, en el año 1979, fue porque ya estábamos regresando a Argentina. Perdí el contacto con él, pero siempre tuvo un lugar en mi corazón. Un llanero capaz de cantarle a las vacas lecheras y de reunirse en la plaza, por las noches, con la Luna, encarnado a “Juan Carabina”, solo podía relacionarse  a las bellas imágenes que nos dejara Luis Mariano Rivera a través de la voz ásperamente melodiosa de Gualberto Ibarreto, quien le cantaba a las flores, las aves y hasta las caracolas marinas. Simón Díaz, tan sencillo y humilde, que se confundía con la gente a la entrada del metro de Plaza Venezuela. Así lo recuerdo y lo recordaré a mi amigo Simón, y si años después gracias al éxito alcanzado con Caballo Viejo, cambió su actitud y alcanzó una merecida revancha con la vida, yo tuve la inmensa fortuna de no haberlo visto así, subiendo vertiginosamente hacia el cenit. Para mí será siempre aquel llanerito, humilde, amable y excelentemente parado en sus ajadas alpargatas de soga que conquistó mi corazón. Hasta siempre Simón. Ya nos encontraremos en aquel lugar que una vez soñamos juntos.  

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