Hay algo que muchas familias latinoamericanas descubren con el tiempo: mientras más lejos están de casa, más importante se vuelve lo que dejaron atrás.
Cambian las calles, el clima, el idioma que suena en la radio. Pero no cambia la música que sonaba cuando eras niño. Y esa música, la que te cargabas sin saberlo, es a veces lo único que puede acercar a tus hijos a un país que quizás nunca han pisado.
En Venezuela, la música no era algo que se pusiera. Sonaba sola. En la cocina, en una tarde de domingo, en diciembre cuando el cuatro salía del clóset y el año terminaba en gaita. No había que explicarla. Estaba ahí.
Cuando una familia emigra, esos momentos no se recrean solos. Pero tampoco se pierden para siempre. Lo que hacen muchos padres venezolanos, colombianos, latinoamericanos, es encontrar la manera de que sus hijos sientan eso que ellos sienten cuando escuchan ciertos acordes, ciertas letras, ciertos ritmos.
No hace falta formar músicos profesionales. Nadie tiene que aprender teoría ni practicar escalas durante horas. A veces basta con aprender una sola canción juntos. Con tocar algunos acordes de cuatro durante una videollamada con los abuelos. Con que un niño escuche «La Barca de Oro» o «Concierto en la Llanura» y entienda, sin que nadie se lo explique, de dónde viene.
El cuatro venezolano tiene eso. Su sonido es cálido y cercano, el tipo de sonido que no intimida. Invita. Es un instrumento que una persona puede aprender a tocar en familia, en casa, sin escenario ni audiencia. Y cuando suena, algo pasa: ese cuarto, en cualquier parte del mundo, se siente un poco más cerca de Venezuela.
La música no solamente se aprende. También se hereda.
Y a veces una canción sencilla, aprendida en casa con los padres, es el recuerdo que un niño se lleva consigo para toda la vida.


